El radioteatro argentino dejó grandes anécdotas cuando los elencos partían de gira. Las presentaciones en público eran un componente fundamental del sueldo del artista trashumante, que iba de pueblo en pueblo a representar en improvisados tablones “Juan Moreira”, “El Hormiga Negra” o “El León de Francia”.

Más de una vez, el relato verbal recuerda que algún espectador, cuchillo en mano, saltaba al escenario o a la pista del circo para defender al Moreira rodeado por la partida policial que lo quería ajusticiar. La obra se detenía y el jefe de compañía explicaba que todo era ficción, que ninguna muerte era real en ese lugar y que lo que veía era parte de una actuación. Calmado, volvía a su asiento y se reanudaba el hecho artístico.

Cuando Pepe Soriano inauguró el teatro municipal Rosita Ávila, habló de una función donde ese célebre héroe popular no era asesinado, sino que saltaba el muro y escapaba campo traviesa. Su destino se cerró al día siguiente, con el cadáver del actor en una zanja con un cartel categórico: “Moreira muere”. Imposible eludir ni cambiar el final.

En los 50, en Estados Unidos nació el happening, palabra derivada del vocablo inglés que significa acontecimiento o suceso. Abuela de las performances actuales, esa apuesta apuntaba a revolucionar un arte que se había transformado en previsible y aburrido (según los impulsores del movimiento) y lograr que los espectadores dejasen de ser sujetos pasivos de una representación y, en un ambiente controlado, interviniesen en la creación común (entre artistas y público) de una obra nueva, habitualmente efímera en el tiempo y que solía agotarse una vez consumada. Muchas veces sirvió para denunciar y visibilizar situaciones injustas.

Res pública

Ambas referencias, radioteatro y happening, permiten contextualizar el escándalo producido la semana pasada, cuando se rompió la instalación que el cordobés Res había hecho en la Casa Histórica para inaugurar la Bienal de Fotografía Documental. Particular es pensar el nombre del artista en este contexto: en latín, “res” significa cosa, y cuando hace siglos se le sumó “pública”, es decir lo que es común a todos, nació la palabra “república”, el sistema político que nos rige como sociedad.

Su trabajo no buscaba impedir el acceso al museo emblema de los tucumanos; por el contrario, “Una puerta, dos ventanas” propiciaba la intervención social activa para superar el bloqueo simbólico realizado por una pila de diarios (representación del colectivo de la prensa, sea escrita, oral o visual, sea física o virtual) en su sentido de mediador de mensajes y discursos. Impulsaba a apropiarse del espacio en forma directa y sin intermediarios. Y, por ende, a asumir el compromiso de trazar el camino de la independencia sin necesidad de que nadie explique su significado ni las intenciones de quienes conducen los procesos.

Ingresar a un lugar, en este caso, es entrar a las ideas y a los objetivos que allí manifestaron los próceres del bicentenario. Quien atacó la instalación consideró que consumaba un acto reivindicativo pero, cuanto menos, protagonizó un episodio falto de reflexión y análisis. No hubo espacio para explicar que todo era un artificio artístico transitorio ni para poder diferenciar lo real de lo ficcional.

Si en vez de consumar su ataque, pocas horas después participaba con otros en la reapertura de las puertas del solar patrio, hubiese transformado su acción solitaria en algo colaborativo. Siempre es posible, obviamente, que al actor del hecho sólo le interese lo individual; casi siempre también, esos personajes se escudan en que representan intereses generales, sin consultarlos nunca. Más aún, evitan el diálogo escudándose en el dogma de tener toda la razón acumulada, mientras lo afirma a los gritos.

La definición de destrucción es porque su acción fue realizada en un contexto distinto del pretendido por el artista. Su obra fue montada sólo para ser desmontada, cumpliendo con los roles asignados en la preparación del hecho. Al ejecutarse por fuera de ese marco, se la desvirtuó.

En las redes sociales hubo incluso descalificaciones considerando que no era arte su propuesta, lo cual lleva a los opinadores al espacio de los censores. Si no es arte, entonces está bien romperlo; todo se justifica desde la apreciación personal, cuando el gusto es lo menos relevante en esta clase de debates. No importa si me interesa o no una obra; si considero que tiene o no relevancia para la construcción histórica de una experiencia estética; si me dice o no lo que el creador quiso expresar.

Lo trascendente es pensar las manifestaciones artísticas, más cuando tienen un destino colectivo de intervención, participación y apropiación de sus elementos simbólicos conceptuales, desde la postura del otro. El arrebato, la ruptura y la agresión implican, por el contrario, la negación y el rechazo más explícito a esa otredad que se nos pone enfrente y nos desafía a verla y a darle entidad. De allí que la tolerancia no sea admitir a regañadientes y en forma impuesta al que piensa y se manifiesta distinto a lo que yo quiero, sino ponerse en los zapatos ajenos y respetarlo íntegramente y, sobre todo, a partir de esa diferencia.

El arte provoca. Forma parte de su ADN. Pero entender que toda respuesta queda legitimada es violar las reglas de juego, en especial cuando quien se compromete con una obra y su entorno (Res, por ejemplo) lo hace con todos los permisos institucionales requeridos y tomando las mayores previsiones para no dañar el edificio. Es el máximo de la ironía: el cuestionado cumplió con todas las normas y quienes lo objetan vulneraron las reglas de la convivencia y del respeto.

Cuando se confunde al arte con la vida cotidiana, cuando se mezclan representación y realidad, hay una colisión de mundos. El resultado puede ser el valiente que decide defender, facón en mano, al supuesto desprotegido; el criminal que mata al que ya se había sacado el vestuario y dejado al personaje en algún galpón; o el supuesto vengador del buen gusto que decide que nadie verá lo que a él no le convence. Quien no distingue entre uno y otro espacio, está condenado a no quedar en la historia.